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NOT ENOUGH

Llevo un tiempo siguiendo el trabajo de Pachu M. Torres, que hace unos dibujos maravillosos. Podéis verlos en su cuenta de instagram.

Por otro lado, como habéis podido ir intuyendo, me estoy aficionando a las cuerdas y el shibarhi. Por ahora como espectador fascinado por su estética, aunque espero probarlo muy muy muy pronto. Y esto, como no podía ser de otra manera, me llevó a descubrir a Jose Shibarhita, sexólogo y aficionado «a las cuerdas».

Pero la cabeza me explotó cuando vi que Shibarhita reproducía en persona algunos de los dibujos de Pachu. Una fusión maravillosa. Ahora, desde este humilde espacio que yo mismo me he creado, voy a osar a continuar la secuencia con un pequeño relato que me inspira ver la combinación antes mencionada. Como digo, no estoy aún familiarizado con el Shibari. En el relato solo plasmaré lo que me inspiró. Espero no decir nada ofensivo por el desconocimiento.

Voy a usar una foto reproducida junto a Sandra Torralba, artista especializada en erotismo, que también es una maravilla de ver. Espero que os guste a todos, y en especial a los anteriormente mencionados.

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Hoy era nuestro aniversario y el regalo no podía ser otro. Textualmente me había dicho lo único que deseaba este año era: «probar las cuerdas que compramos en San Valentín». Eran unas cuerdas que venían en un kit de iniciación al BDSM junto con otros juguetes. Ya habíamos probado las vendas para los ojos, las esposas, la fusta… quedaban las cuerdas.

Comprar el kit había sido una mezcla de broma y curiosidad, pero poco a poco había ganado espacio en nuestra intimidad. A ella le llamaba mucho la atención probarlo pero le daba miedo estar inmovilizada. Con las esposas habíamos ido explorando poco a poco ese camino y cada día se sentía más atraída por ese nuevo mundo. Lo que había probado hasta ahora no era suficiente. Cuando volvía del trabajo la encontraba viendo tutoriales sobre cómo debían hacerse las ataduras. Comenzó a hablarme del Shibari, una antigua técnica oriental para inmovilizar que pasó a ser un arte erótico, y de la excitación que le provocaba sentirse sometida.

Yo disfrutaba viendo su emoción en cada uno de los juegos pero atarla me generaba algo miedo. No quería hacerla daño. En otros juegos donde usamos la fuerza teníamos el control pero aquí si algo salía mal podría causarle graves heridas. Ella misma me tranquilizó. Me explicó cómo se hacían varios tipos de ataduras y lo mucho que deseaba probarlo. Tenía sueños en los que se veía atada y se despertaba excitada deseando vivirlo. Paradójicamente, ella, tan activa, lo que más deseaba era estar atada. Acordamos no volver a hablar del tema, prepararnos cada uno por su lado y el día de su cumpleaños lo llevaríamos a cabo. Yo volvería del trabajo, y afeitado y aún con el traje, iniciaría el juego.

Esta noche me tocada trabajar hasta tarde, así que le pedí que cenara y se fuera a dormir, si podía. Yo llegaría unas horas después de que el reloj marcara que era el aniversario de su nacimiento. La despertaría y le daría su regalo. Y así ha sido.

Cuando entré en casa estaba todo en silencio, ella dormía. Me quité los zapatos y caminé hasta el dormitorio sigilosamente. Allí estaba, sólo llevaba puesto su pijama sexy de verano: un mini pantalón corto y un top blancos. Esas prendas marcaban su cadera y sus pechos. Adoraba cuando se las ponía y venía a provocar mi excitación, sabiendo que la iba a encontrar. Quería asegurarse de que yo también disfrutara el regalo.

Me puse frente a ella. La luz de la luna, que entraba por la ventana bañaba todo su cuerpo. La sombra de mi cuerpo, en su cara, hizo que se despertara. Aún somnolienta, me miró y sonrió. Sabía que, tras varios meses de espera, llegaba el momento de su regalo.

-Levántate – dije con un tono serio.

Ella asintió con la cabeza y se puso frente a mí. Me miraba y se mordía el labio inferior, señal de que estaba nerviosa.

-No me mires – de nuevo, sin mostrar ningún tipo de matiz en mis palabras.

-Lo siento, señor – dijo con timidez y bajó la mirada.

Con un pequeño toque de las yemas de mis dedos en su codo, indiqué que se volteara. Y así lo hizo. Despacio fue girando sobre sí misma hasta darme la espalda. Di un paso y me quedé a escasos milímetros de ella, lo justo para sentir su calor pero no tocarla. También noté el aroma de su perfume favorito, el de las ocasiones especiales.

Puse mis manos en sus hombros y las fui deslizando por los brazos hasta las muñecas, notando cómo se ponía su piel de gallina con el paso de la caricia. Luego, llevé sus manos hacia la espalda y ordené que las mantuviera allí.

-Sí, señor – en su voz se empezaba a intuir sumisión. Había entrado de lleno al juego. La experiencia que tanto había deseado había comenzado.

Me acerqué a la mesilla de noche, donde había dejado las cuerdas la tarde anterior y cogí una. Volví donde estaba ella. Con la cuerda echa un ovillo fui rozando las partes de su cuerpo que no estaban cubiertas por la ropa: su cuello, sus brazos, sus piernas… Rocé sus muslos por la parte interior, con firmeza, dando a entender que debía separar un poco las piernas. La rodeé y repetí el proceso por delante. Cuando pasaba la cuerda por su cuello y su escote me percaté de que que sus pezones se habían endurecido. Les dediqué un momento antes de seguir bajando hasta sus pies. A cada roce, su cuerpo reaccionaba y tensaba los músculos.

Me puse de pie frente a ella, cogí su cara con mi mano derecha y la besé. Me aparté y volví a su espalda. Jjunté sus antebrazos: cada mano a la altura del codo opuesto. Doblé la cuerda por mitad para que tuviera más consistencia la atadura. Intenté hacer ruido al manipularla para que se excitara también mediante el sonido. Até con uno de sus extremos ambas muñecas, luego deslicé mi mano por toda la cuerda hasta llegar al otro extremo. La sensación de ese roce me daba placer, ella debería estar también disfrutando el contacto áspero. Pasé la cuerda por su pecho, por encima de sus tetas, y di dos vueltas alrededor de ella para que no pudiera separar los brazos. Estiré fuerte para que la cuerda quedara fija y ella soltó un delicado jadeo. Sonreí al percibir que el regalo estaba cumpliendo las expectativas. Volví a rodearla con la cuerda pero en esta ocasión la pasaba por debajo de las tetas, dejándolas constreñidas entre ambas ataduras. Deslicé nuevamente mi mano por la cuerda para encontrar el extremo y volver a sentir ese pequeño placer. Me estaba gustando el juego y la sensación de poder. Imagino que, en sentido opuesto, la sensación de sumisión era la que ella deseaba disfrutar. Finalmente hice un nudo en su espalda asegurándome de que todas las ataduras quedaran tensas y su tronco inmovilizado.

Fui a por la segunda cuerda mientras observaba que ella tenía los ojos cerrados y seguía mordiéndose el labio. Me quedé unos segundos observándola, confirmando que lo estaba disfrutando. Volví hasta mi posición de control, tras ella. Esta nueva cuerda la pasé por por su cintura e hice un nuevo nudo pero esta vez delante, bajo su ombligo. La giré para tenerla frente a frente. Soltó una pequeña queja.

-¿ocurre algo, esclava? – quise confirmar que todo iba bien.

-No, señor, disculpe. Solo es que… es que no me lo esperaba. Disculpe, señor.

-Ahora estás bajo mi control, que no se vuelva a repetir – hubiera querido que viera mi dura mirada pero ella seguía cumpliendo la orden de no mirarme. Sólo asintió en silencio.

Me agaché ante ella y fui bajando la cuerda por su pubis. Descubrí una mancha húmeda en su entre pierna. La excitación definitivamente se había adueñado de ella. Cuando la cuerda llegaba a la altura de los muslos, los envolví. Al cerrar el círculo que formaba, pasé el extremo de la cuerda por detrás del tramo que bajaba del ombligo, haciendo que se tensara y juntara totalmente sus piernas, y continué bajando. Una vez pasadas las rodillas repetí la acción. Pasé la cuerda varias veces alrededor de sus piernas e hice un nudo final. Ya no podía caminar ni mover sus brazos. Estaba totalmente a mi merced.

Me puse de pie y volví a girarla. Quedaba un último punto. Deshice el nudo de mi corbata y me la quité. Acaricié su cara con ella y la puse sobre sus ojos. Tiré de ambos extremos para que se tensara alrededor de la cara y la até en su nuca.

Ahora sí, la abracé desde atrás, juntando nuestros cuerpo todo lo posible. Escuchaba su respiración y notaba mi corazón acelarado contra su espalda. Ella, en cambio, se había relajado y sonreía. Estaba tan inmersa en la experiencia que apenas respondía a mis caricias. Vivía una especie de trance, sintiendo la presión de las cuerdas, su vulnerabilidad y su sometimiento. A pesar de todo, había depositado toda su confianza en mí , sabiendo en cuanto me lo pidiera yo la liberaría.

La cogí en brazos y la deposité sobre la cama. Mirarla me daba placer. Siempre había disfrutado admirándola, pero esto era un nuevo tipo de placer. La estética de las cuerdas, de una forma extraña, potenciaba sus atributos. Me dirigí al sillon para observarla con más detenimiento pero antes tenía que hacer una cosa que no podía olvidarse:

-Felicidades, cariño. – Susurré a su oído.

2 comentarios

  1. Berta Riveiro

    Que maravilla, me ha encantado. Un relato que te pone la piel de gallina. Es increíble cómo al leerlo te da la sensación de estar en ese lugar y en ese momento. Enhorabuena!!!

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