Volvíamos de nuestra primera cita. Como yo era nuevo en la ciudad ella quiso sorprenderme y me llevó en coche a desayunar a un lugar especial a las afueras. Un desayuno, o tal vez ya un brunch, campestre bajo los primeros rayos de sol de la primavera. La mañana transcurrió entre los nervios y emoción típicos de un primer encuentro. Cuando llegó la hora de separarnos ella me llevó hasta casa en coche. Allí aparcados se sucedieron las típicas conversaciones sobre qué tal lo había pasado, si me había gustado el lugar, cuándo nos volveríamos a ver…
Finalmente llegó el momento de la separación. Estiré mi brazo hacia los asientos traseros para recoger un abrigo que me había protegido del fresco de las primeras horas. Al volver hacia adelante, la vi frente junto a mi cara. Se había inclinado hacia y con una mano me cogía la cara. Nos quedamos así un par de segundos, mirándonos a los ojos y sonriendo, hasta que terminó de dar el paso y me besó.
Hubo unos primeros besos suaves, de tanteo, que fueron apartados por otros desbordados de pasión. Notaba su fuerza en cada gesto. Con mis manos trataba de mantener la referencia de su cuerpo mientras tenía los ojos cerrados. También lo aprovechaba para tratar de atraer su cuerpo hacia mí. El cinturón de seguridad lo impedía, así que la liberé de él. Ella lo entendió como una señal para saltar de su asiento al mío. Se arrodilló sobre mí, poniendo una pierna a cada costado de las mías. Quedamos enfrentados. De nuevo cogió mi cara con fuerza, aunque trataba hacerlo todo con delicadez, y me besó. Intercalaba besos en la boca, con las mejillas y el cuello. Incluso me lamía la cara. Estaba completamente excitada. Accionó la palanca que inclinaba el respaldo y ambos caímos en seco hacia el plano horizontal. Ella por su posición cayó un poco más atrás. Sus tetas chocaron con mi cara. Ella me pidió perdón porque no esperaba que fuera tan brusco el movimiento pero yo le quité importancia y le dije que estaba encantado de tener sus tetas en la cara. Lo había estado deseando toda la mañana pero nunca había imagino que vendrían a mí tan directamente. Se las agarré y las besé por encima de la ropa.
Ella se deslizó hasta mi altura y continuamos con los besos. Nuestras manos ya inspeccionaban el cuerpo contrario sin contemplaciones. Comenzamos a desvestirnos. Primero el calzado, luego las camisetas y por último los pantalones. Nos quedamos en ropa interior y pude ver su cuerpo. Su piel tersa dejaba entrever sus músculos, efecto un duro y constante entrenamiento. La admiré un momento mientras se retiraba las bragas. Acaricié su sexo y noté su humedad y calor. Me dirigió el cuerpo para colocarme boca arriba. Se volvió a situar de rodillas sobre mis piernas y frotó su coño contra mi polla. Sonreía de placer. Se inclinó para besar mi pecho. Avanzó unos centímetros sus rodillas y me besó un poquito más arriba. Siguió avanzando y me besó el cuello, el mentón, la boca, la nariz, los ojos, la frente… No se detuvo. Siguió avanzando las rodillas y se fue incorporando. Por suerte el coche era alto. El final de trayecto la dejó con su vulva sobre mi boca y ella agarrada al cabecero del asiento posterior.

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Saqué mi lengua y acaricié con la punta sus labios de arriba abajo. Ya estaban muy mojados y se abrían con el simple roce. Busqué el clítoris y lo introduje en el recorrido de mi lengua. Ella movía su cuerpo en ondas acercándose y alejándose en función de la intensidad que deseaba. Con tanta excitación no tardó mucho en correrse pero para hacerlo me pidió que dejara la lengua dura. Con una mano sujetó mi cabeza para que no pudiera moverla y con su cadera terminó de darse placer. Noté como alcanzaba el orgasmo cuando sus muslos apretaban mi cara, fue una mezcla de dolor y placer.
Volvió a tumbarse a mi lado, la abracé y nos besamos mientras ella recuperaba el sentido. Cuando se recompuso metió la mano en mis calzoncillos y me agarró nuevamente. Dijo que iba a ayudarme a levantar eso. Se arrodilló a los pies del asiento y me sacó los calzoncillos. Chupó la polla unos instantes hasta que se puso dura. Rebuscó entre sus pantalones y, tras darle un beso en la punto, sacó un preservativo y me lo puso. Como pudo se incorporó y adoptó una posición similar a la de las sentadillas. Agarrada al salpicadero del coche, con las rodillas flexionadas, culo hacia atrás y consiguiendo introducirse el pene. No podía creer que consiguiera hacer eso. Yo miraba su espalda musculada y la acariciaba. Ella se movía a un ritmo ágil y constante. La postura y su capacidad física me generaba un extra de excitación que me llevó al éxtasis unos momentos después. Cuando notó cómo eyaculaba dentro de ella, se sentó sobre mí para descansar. Yo me incorporé y la agarré por las tetas, luego la fui acompañando hacía atrás para que quedara tumbada bocarriba sobre mí. La abracé fuerte y besé su mejilla.

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Así fue nuestra primera cita. No sé si alguien pasó por la calle y nos vio porque desde el primer beso para mí se paró el tiempo. Acordamos que no era el momento para repetir, y nuestras agendas nos impedían continuar en casa. Lo que si ocurrió es que desde entonces no existe nada más excitante para mí que verla hacer deporte. Cuando levanta peso, hace sentadillas, o fondos, no dejo de pensar en cómo va a poder aplicar esa fuerza y resistencia conmigo. Pero si os interesa, ya os lo contaré otro día.