Era nuestro primer viaje. Llevábamos poco tiempo juntos pero desde el momento en que nos conocimos decidimos que nunca nos separaríamos. La chispa que se prendió se avivaba cada día. Exceptuando el tiempo imprescindible de trabajo, compartíamos todo lo demás con pasión. Desde el despertar con besos, la ducha compartida, el desayuno mirándonos a los ojos y sonriendo de felicidad, cocinar mientras nos besábamos en el cuello y nos abrazábamos… Habíamos decidido explorar nuevos espacios y escapar un fin de semana a la playa.
Habíamos reservado un pequeño chalet con piscina, situado sobre una colina. Dejamos las maletas sobre la cama y fuimos descubriendo cada habitación, agarrados de la mano. En la cocina se nos ocurrió que podríamos aprovechar la encimera para jugar, en el salón podríamos disfrutar de un enorme sofá-cama para ver alguna película, en la ducha.. ¡ay la ducha! Nuestra imaginación era un hervidero, y nuestras ganas de tenernos mutuamente no acababan.
La escena que vimos cuando salimos al jardín nos dejó sin palabras. Un gran espacio de césped se habría ante nosotros. Al fondo una piscina sin fin a la que se accedía por unos escalones. Tras ella, un pequeño mirador desde el que se veía la playa y la inmensidad del mar. Estaba atardeciendo y aún se apreciaba a pequeños bañistas aprovechando las últimas horas de luz, así como algunos barcos recorriendo su camino con el Sol de fondo, a punto de comenzar a esconderse. La brisa marina acariciaba la cara. Nos agarramos de la mano un momento y nos besamos.
Mientras el sol se ponía hicimos la cena. Encendimos las luces del jardín, una cadena de bombillas que daba un ambiente íntimo. Encendimos también un par de velas y abrimos una botella de vino. Comimos, conversamos, nos reímos y nos besamos hasta que las velas estuvieron a punto de consumirse.
A pesar de que ya estaba entrada la noche, seguía haciendo calor. Jugamos a quitarnos la escasa ropa que llevábamos puesta. Explorábamos nuestro cuerpo como si fuera la primera vez. Nos metimos en la piscina donde seguimos jugando y acariciándonos. Cada beso que nos dábamos era una inyección de placer y felicidad. Me pidió que descansáramos un momento. Nos sentamos en los escalones, con medio cuerpo bajo el agua y el otro medio fuera. Frente a nosotros se vislumbraba la fantasía de que el agua la piscina desembocaba en el mar. Se recostó sobre mí y con mis brazos la envolví, notando cómo la brisa le erizaba la piel. No entendíamos nada de astronomía pero estuvimos hablando de estrellas y constelaciones, inventando historias sobre el origen de cada una. Besé su cuello y el lóbulo de su oreja. Ella me acariciaba las piernas mientras seguía con las historias estelares. Comencé a acariciar sus brazos para que mantuviera la temperatura pero pronto pasé a buscar sus pechos y notar sus pezones erectos. Los acaricié con la yema de los dedos mientras seguía jugando con mi lengua y su oreja. Se volteó y me envolvió con sus brazos mientras me besaba. Nos mantuvimos unos minutos así hasta que ella se levantó y se sentó sobre mis rodillas. Nos mirábamos directamente mientras introducía la mano entre sus piernas y comenzaba a masturbarse. Yo me derretía al ver sus caras de placer, mordiéndose el labio y lanzando pequeños gemidos. Mi erección no tardó en aparecer. Ella lo notó en su mano y decidió ayudar a que se produjera. La agarró y la frotó contra su clítoris. Cuando estuvo totalmente dura, y ella estaba también preparada, se la introdujo y puso sus manos sobre mis hombros. Yo la agarré por la cintura. Notaba sus movimientos y sus juegos, buscando aquellos que me daban más placer y evitándolos para provocar mi respuesta. Yo intentaba manejar su cadera pero ella lo impedía. Quería tener el control total.
Se acercó un momento a besarme y, al alejarse, aceleró el movimiento de sus caderas. Iba alternando la dirección y la profundidad de los movimientos. Me agarraba con fuerza y me arañaba los hombros y el cuello. El placer se apoderaba de ella y trataba de magnificarlo todo lo posible. Sus jadeos ya eran gritos y escucharlos me estimulaba tanto como podía hacerlo ver su cara de placer. Cerró los ojos y fue soltando sus manos. Se agarró sus pechos, estrujándolos mientras sus gritos iban aumentando su cadencia, al ritmo de las caderas. Arqueaba su espalda y se dejaba vencer por la gravedad. Solo mis manos en la cintura la mantenían fuera el agua. Sus movimientos, su cara, su cuerpo, sus sonidos… todo me llevaba al orgasmo. Éste llegó cuando ella, ya fuera de sí, emitió un largo y profundo grito. Mientras lo emitía y disfrutaba de la descarga de hormonas que le daba el orgasmo, estiraba sus brazos y finalizaba la curvatura de su espalda. Cuando el grito llegaba a su máximo apogeo, su cara se introducía en el agua, dejando fuera solo su vientre, sus tetas, y su boca.
Cuando fue relajando sus músculos la atraje de nuevo contra mi cuerpo. Se apretó contra mi y me besó en el cuello. Yo escuchaba como su respiración se iba normalizando y me susurraba:
-Que esto no acabe nunca, por favor.
Este relato está inspirado en la fotografía de Jean-Philippe PITER. Os recomiendo mucho a este artista porque sus fotos son maravillosas y están cargadas de erotismo.
This story is inspired by the photography of Jean-Philippe PITER. I highly recommend this artist because his photos are wonderful and full of eroticism.