Volver a casa caminando suele ser un buen momento para pensar y reflexionar. Ponerte en contacto con tus pensamientos y con el entorno: Se aprecia que las ramas de los árboles han crecido, que han cerrado otra tienda o que los grupos de adolescentes hora se dividen en parejas…
Por el contrario, volver a casa de fiesta, cuando el alcohol no te inhabilita los sentidos por completos, suele ser un buen momento para sentir y percibir: personas que caminan erráticamente porque saben que al volver a casa se cierra un pequeño paréntesis de felicidad en su monótona vida, vientos que se agitan y que provocarán mal humor a los que madrugan el día siguiente o extraños silencios provocados por el miedo de los animales a un temporal que se aproxima.
Aquella noche fue una de esas. Había salido con unos amigos a tomar unas cervezas y el plan se había alargado hasta altas horas de la noche. Habíamos estado vagando por distintos bares y pubs, buscando un golpe de suerte que nos hiciera evitar pasar otra noche en soledad. No lo habíamos conseguido.
Cuando me despedí de mis amigos inicié el largo camino que me llevaría hasta mi barrio. Había olvidado mis auriculares, así que no pude amenizar el viaje con música, por lo que di rienda suelta a mis pensamientos intrusivos. Estuve repasando todos los errores que había cometido en los últimos años y todas las discusiones que podía haber ganado si hubiera hecho el comentario ingenioso que se me acababa de ocurrir, 10 años después. Me encontraba extraño. No era por el alcohol, tampoco tenía excesivas ganas de ir al servicio, tampoco eran los pensamientos tormentosos. Miraba alrededor y no veía a nadie, ni nada, pero la premonición de que pasaba algo estaba ahí. Eso sentimientos inexplicables hacían acto de presencia.
Recorrí varias avenidas y crucé varias plazas. Sólo un gato se me había cruzado, y a lo lejos había visto a un joven ebrio que bebía solo en silencio bajo una farola. Nadie mas, nada más, pero yo seguía notando cierto malestar. Notaba incluso como unos ojos que se me clavaban pero por mucho que trataba de encontrar el origen, no daba con él. Me acercaba a un parque que separaba mi barrio del resto de la ciudad. Era casi un bosque, lleno de pinos y arbustos descuidados. Reconozco que cierto miedo invadía mi cuerpo. Podía bordearlo para sentirme más seguro pero me llevaría bastante tiempo añadido al trayecto. Por la oscuridad y, posiblemente, por la obsesión y el miedo, veía figuras moverse a lo lejos. Revisé mentalmente la cantidad de dinero y posesiones que podrían robarme si aquellos movimientos realmente eran personas: poco más de 5€ en metálico, las tarjetas y el móvil. No sería un gran botín.
Di mi primer paso en el parque agudizando todos mis sentidos. Aquel lugar sin farolas requería toda mi concentración si quería evitar algún mal. Continué caminando a paso ligero. Trataba de poner mi atención en el rabillo del ojo para apreciar si alguien se acercaba por los laterales para estar preparado si pretendían tomarme por sorpresa. No veía nada. Confié más en mis oídos que en mis ojos en un ambiente tan oscuro. Traté de percibir algo. Escuchaba unos sonidos rápidos que bien podían ser pasos. Se escuchaban a gran velocidad. Podría ser algún perro buscando comida o el atracador. También viendo sombras en movimiento, a veces a la izquierda, a veces a la derecha.
Pasados unos momentos pude percibir claramente que la sombra tenía forma humana y que los sonidos de pasos eran provocados por esa sombra. Debía haber estado siguiéndome desde hacía un rato y había decidido que aquél era el lugar para asaltarme. No era una noche muy fría pero un rayo helado cruzó mi cuerpo. No quería dar la vuelta ni salir corriendo para confirmarle al atracador que me había asustado. Intenté superar el miedo y continuar mi camino.
La figura se movía más despacio. Sabía que había detectado su presencia y parecía que se recreaba en ello. No parecía muy grande. A cada paso que daba aparecía junto a un arbusto y tras desaparecer aparecía junto al siguiente. No se escuchaban más pasos, por lo que debía ser solo una persona, muy ágil.
Estaba llegando al centro del parque, donde un pequeño claro entre árboles permitía la entrada algo de luz y pude apreciar mejor su silueta. Una sudadera grande ocultaba su cuerpo pero por la figura me pareció ser una chica. Tenía la capucha puesta pero unas coletas rojas caían sobre su cuerpo. Este detalle podría haberme tranquilizado, en una pelea quizá pudiera salir victorioso, pero un detalle me aterrorizó. Iba descalza y tenía las piernas ensangrentadas, como si hubiera estado atravesando zarzas. Aún así, caminaba rápidamente sobre ramas y piedras.
-Me ves – una voz nasal salió de ese cuerpo -, ahora no me ves. – La figura desapareció.
Unos pasos después volvía escuchar esa voz proveniente de otro arbusto.
– Me ves – el cuerpo volvió a aparecer-, ahora no me ves. – La chica volvió a desaparecer.
No me parecía posible que una persona hiciera esos movimientos y que no sintiera dolor en los pies. No me quedaba duda de que se trataba de alguna especie de chica de la curva o espíritu maldito que iba a intentar acabar con mi vida. Ahora la idea de ser atracado me parecía estupenda.
La siguiente vez que la vi ya no trataba de esconderse. Estaba situada junto al camino que yo seguía y me miraba fijamente. Podía ver como mantenía las manos metidas en los bolsillos de la sudadera y sonreía de forma inquietante.
-¿Tienes miedo? No te preocupes, no te haré daño. Soy yo la que quiere sentir dolor.
Nuevamente me sentí helado. Ese ser paranormal trataba de intentar embaucarme. Quizá fuera un súcubo. ¿trataba de seducirme para matarme?
Pocos metros nos separaban. Sacó la mano del bolsillo. Pensé que sacaría algún tipo de arma o me lanzaría un hechizo con la mano, pero no. Cogió el tirador de la cremallera y lo empezó a bajar. Cuando llegó hasta abajo devolvió las manos a los bolsillos y abrió la sudadera. Pude apreciar su cuerpo desnudo en la penumbra del parque. Unos senos perfectamente redondos caían ligeramente, un vientre plano coronado por el ombligo y un pubis rasurado. Por todo el cuerpo se veían moratones y cicatrices como si hubiera sido castigada.
-No me ves.
A continuación, volvió a aparecer tras otro arbusto. Ahí pude apreciar sus ojos, contorneados por maquillaje negro. Tenía la mirada perdida pero dejaba claro que el foco de su atención era yo. En la mano tenía una soga pero el miedo había ido bajando. Ya no sentía que me fuera a hacer daño pero seguía sin saber qué pretendía. La chica recorrió su cuerpo con la cuerda. Aparentaba ser muy áspera y estar rasgando su piel. Aun así rozaba sus pezones con ella. Con ayuda de la otra mano la estiró y la pasó alrededor de su cuello. Simuló un ahorcamiento y, nuevamente, una extraña sonrisa apareció en su casa.
-Quiero que me ahogues – me ordenó.
Dejó caer la sudadera y quedó completamente desnuda ante mí. Me detuve. Ella dio un paso hacia mí. Dejó que la cuerda colgara en su cuello desde atrás y que ambos cabos pasaran entre sus tetas. Pasó una mano por detrás de su cuerpo, atrapó los extremos de la cuerda entre sus piernas y los llevo por su espalda hasta engancharlos en la parte de la cuerda que rodeaba su cuello.
Dio otro paso.
Comenzó a hacer unas ataduras con la cuerda de modo que parecía estar confeccionando un bikini sobre su cuerpo.
Dio un nuevo paso.
No podía quitar la mirada de sus pechos. La cuerda los atrapaba y levantaba. Sus pezones apuntaban directamente a mis ojos. El frío que había recorrido mi cuerpo anteriormente ahora se estaba convirtiendo en una sensación mucho más cálida. Veía su cintura y notaba su atracción. Deseaba agarrarla para acercarla a mí y recorrer todo su cuerpo con las yemas de mis dedos. Siempre había fantaseado con tener sexo en un parque, alguna relación esporádica con una completa desconocida e incluso jugar al BDSM. Parece que tenía la opción de cumplir muchas de ellas.
-Quiero que me pegues. – Se dio la vuelta y me mostró su espalda llena de marcas de látigo y su culo rodeado de cuerdas.
Mi nuevo objetivo era agarrar y morder ese culo como si fuera un melocotón recién cogido de un árbol.
Dio un nuevo paso hacia mí.
Yo estaba completamente excitado. Notaba la erección en mis pantalones.
Dio otro paso.
Di un paso yo también.
Me quité la camiseta y la dejé caer al suelo.
Di otro paso mientras se agarraba las tetas.
Me quité el resto de la ropa.
Nos separaban apenas 4 pasos.
Ella empezó a masturbarse mientras me miraba fijamente. Yo la imité mientras observaba su risa siniestra. Me tenía totalmente atraído. No entendía cómo había podido pasar de estar aterrado por ella a desearla con tanta intensidad.
Dimos otro paso.
Yo continuaba masturbándome mientras ella abría sus brazos invitándome a abrazarla.
Di un nuevo paso.
Ya estaba al alcance de mi mano. Por fin podría alcanzar su piel. No sabía si responder al abrazo y besarla, acariciar sus tetas o agarrar su culo. Mil escenas sexuales recorrían mi mente. ¿Querría follar o solo buscaba provocar mi erección?¿Realmente quería que le pegara? ¿Sería tan duro su culo como parecía?¿Le gustaría si le mordía el pozón?¿Podríamos follar sobre el suelo desnudo?
Me decanté por responder al abrazo y besarla. El exceso de excitación nublaba mi pensamiento y no pude decidir otra cosa. Empecé a levantar los brazos y…
-¡Aaaahhhhh! – Comencé a eyacular.
No había podido ni rozarla cuando los nervios y el deseo me habían fallado. Miraba como mi polla goteaba a pesar de mis órdenes mentales para que se mantuviera firme. Mis sueños de cumplir fantasías y de follar aquella noche se esfumaban. Comencé a dar nuevas ordenes mentales para que la polla se recuperara. Desde luego la excitación permanecía pero no funcionaba como debería. La pelea entre el deseo y los nervios se había convertido en guerra abierta, con el resultado de bloquear mi cuerpo.
En un momento de lucidez recordé que la chica estaba intentando abrazarme. Levanté la cabeza para volver a verla pero ella ya no estaba allí. Podía ver como se alejaba mientras desanudaba la soga de su cuerpo, visiblemente enfadada.
-¿Pero qué coño pasa con los hombres de esta ciudad? ¡El cuarto de la noche que se corre antes de tocarme!¡Al final me ahorco de verdad!